Los jóvenes que hoy emprenden un recorrido académico saben, mejor que nadie, de los desafíos que los azotarán no solo en los próximos meses, sino en los años futuros. Caminar una nueva etapa, como en todo proceso desconocido, trae consigo la enorme complejidad de saber cómo adaptarse a las nuevas exigencias, saberes y rutinas que habrá que adoptar rápidamente. Pero esa ansiedad siempre fue compartida en diferentes generaciones.

A diferencia de otras épocas, la mayoría de los ingresantes de hoy saben con seguridad que no bastará con su formación de grado. Tampoco saben si alcanzará con un posgrado y ya muchos sospechan que todo está por cambiar en el mundo del trabajo. Por eso, el peso de decidir el futuro se está transformando en una carga cada vez más difícil de sobrellevar para los estudiantes. La tecnología, la cultura y la economía circulan por carriles cada vez más rápidos y mutantes, dejando atrás aquella lógica del saber único y para siempre.

En las últimas semanas, LA GACETA desplegó una serie de artículos e informes especiales dedicados justamente a relevar cómo están impactando estos cambios en distintos ámbitos. Ante la incertidumbre, los generadores del cambio ya están actuando y a su corta edad saben que deberán moverse rápidamente. Son conscientes de que, por ejemplo, aprender a programar ya no es simplemente dominar un lenguaje, sino estructurar un pensamiento lógico y capacidad de análisis para un entorno que posiblemente les exija un cambio en el corto plazo. Esta metamorfosis revela, entre otros aspectos, que la inteligencia artificial ya no es una opción para convertirse en un elemento central del perfil profesional moderno. No obstante, el desafío para las universidades no es solo crear nuevas propuestas como la Ingeniería en Inteligencia Artificial, sino sostenerlas actualizadas frente a una tecnología que corre el riesgo de quedar obsoleta en tiempo récord.

En esta producción hablaron estudiantes y también expertos que enfatizan en que a veces no se trata de encontrar la carrera perfecta, sino e aprender a habitar la duda. Alberto Rojo, por ejemplo, propone que la curiosidad y el pensamiento científico son herramientas de adaptación fundamentales: “si sos bueno en algo, siempre habrá mercado”, sentencia.

Hablar del presente siempre es necesario pero quizás hoy más que nunca tenemos que pensar en el futuro. Por eso, este trabajo especial apostó por la profundidad y la mirada multicausal de un fenómeno que preocupa a jóvenes y padres. Y la respuesta fue más que positiva: casi 100.000 visitas en el sitio web y más de medio millón de reproducciones en las redes sociales confirmaron que hay hambre y necesidad de respuestas.

Ya nadie sabe qué pasará con nuestros estudiantes porque tampoco sabemos qué pasará con nuestros trabajos. Pero ese desconcierto puede ser una gran oportunidad para pensar qué queremos estimular en los futuros profesionales: personas que solo tengan un buen pasar económico o sujetos que además sean apasionados por la creatividad y estén más preparados para el cambio. En última instancia, lo que este informe especial puso de manifiesto es que la formación ya no garantiza certezas, pero sí debe proveer herramientas para navegar la tormenta.